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La evaluación es acomodación

La evaluación es acomodación

En muchas ocasiones los alumnos se encuentran con dificultades relacionadas con que no entienden qué es lo que considera importante un profesor en relación a unos contenidos. Esto sucede cuando a los alumnos se les evalúa de una forma determinada convirtiéndose ésta en una rutina. Esto genera en el alumno unas expectativas que son resultado  de evaluaciones consistentes en memorizar unos contenidos y en reproducirlos, casi literalmente, en un examen.

El procedimiento de evaluación es tan importante como ofrecer contenidos variados y metodologías diversas. Elaborar siempre el mismo prototipo de examen es equivalente a trabajar la comprensión lectora con el mismo texto. En la evaluación se ha de dar no sólo el proceso de asimilación sino, más importante aún, el de acomodación. Cuando el sistema de evaluación es diverso el alumno tiene que amoldar sus conocimientos a lo que el profesor demanda, lo que supone la capacidad de hacer útiles los aprendizajes adquiridos al adaptarlos a una situación concreta, al margen de que sea una situación de evaluación, (aunque el hecho de emitir un juicio sobre la reacción del alumno hacia la propuesta de examen condiciona la respuesta). Pero la vida es una situación de evaluación constante. Asimilamos información  y la acomodamos al contexto concreto.

En gran medida, la variable que contamina ese proceso de evaluación del alumno es la calificación, pues tiene un carácter social. Se proporciona una puntuación sobre lo que el alumno sabe y, tras recibir una nota numérica, el aprendizaje de los contenidos que son evaluados concluye. Por tanto, ¿dónde está el carácter pedagógico de la evaluación?

Si el alumno no se preocupa de corregir sus errores, dándose cuenta del por qué se equivoca y tomando decisiones para el cambio, no se produce esa acomodación o regulación. Esto sucede mucho con las faltas de ortografía en las redacciones. Los profesores indican cuál es la falta cometida y muestran la palabra escrita correctamente, pero el alumno sólo mira la puntuación y no se fija en las faltas. Luego es bastante probable que vuelva a cometerlas. Quizás el problema venga desde el primer momento que enfrentamos al alumno a un examen con calificación numérica. Le estamos obligando a quedarse en la mitad del proceso de asimilación. Tal vez la nota debiera aparecer cuando el alumno se haya acostumbrado a partir de sus errores para aprender. Otra posibilidad es puntuar lo que ya ha sido capaz de corregir y acomodar el propio alumno. No es suficiente que el que enseña corrija los errores y explique la visión “correcta”, debe ser el propio alumno el que se evalúe.

Esto puede ser una de  las causas del fracaso escolar, pues se da poca importancia a la corrección de las dificultades mientras están aprendiendo. Se programan actividades para que los alumnos ejerciten y entrenen nuevos saberes pero no les enseñamos a aprender de sus propios errores.

Esto supone un trabajo lento con resultados no siempre inmediatos pero muy eficaces a largo plazo. Pero como en la sociedad actual lo que prevalece es la inmediatez, la evaluación como proceso de acomodación no tiene cabida. Y esa inmediatez no viene sólo de la impaciencia propia de los alumnos, sino que los profesores nos ajustamos a un programa y currículo rígido, determinado desde la Administración, y no hacemos por llegar ese aprendizaje realmente significativo del que se habla en teoría y que no siempre se vincula a nuestra práctica. De esta forma no es raro encontrar explicaciones de profesores dirigidas a sus alumnos que consisten en “no entiendo por qué usted no entiende”.

En conclusión, la evaluación no es sólo una puntuación, de la misma manera que no es una actividad exclusiva de los docentes. Aunque sí tiene que provenir de ellos la enseñanza de cómo autoevaluarse.

Rosa Vega y Esther Rivas

Bibliografía:

A.A. V.V. (2000): Evaluación como ayuda al aprendizaje. Barcelona. Graó.

SANMARTÍ. N. (2002): Evaluar para aprender. Barcelona. Graó.

 

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